La historia de Silva y Abdul
Luchando por su amor y volviendo a empezar después de perderlo todo
El matrimonio sirio formado por Silva y Abdul había creado un negocio que funcionaba bien antes de verse obligados a huir por la guerra.


Reconstruyendo un futuro con resiliencia y amor
Silva: Mi familia es de Armenia. Llevamos generaciones siendo refugiados. Crecí en Siria con nacionalidad libanesa. Eso hizo que la vida fuera dura porque todo lo que hacíamos requería una autorización oficial. Siempre teníamos que llevar los papeles a las agencias de seguridad. A pesar de ello, pude ir al colegio y a la universidad. Me gradué como interiorista y empecé a trabajar en una empresa de muebles. Allí conocí a Abdul. Al principio, era como un hermano para mí. Me recordaba a mi padre: tranquilo, amable y siempre cuidándome. En mi familia, éramos cinco hermanas y ningún hermano. Por eso, nunca supe lo que era tener a un hombre apoyándome de esa manera. Abdul estaba siempre ahí: me arreglaba el coche y me ayudaba cuando lo necesitaba. Me sentía segura con él.
Abdul: Me enamoré de Silva nada más verla. Hacía cualquier cosa para que ella sintiera lo mismo, pero no es fácil conquistar a una mujer en Oriente Medio. Debía tener paciencia. En nuestra cultura, hay que respetar muchas tradiciones. Pero yo era joven y nunca me di por vencido. Seguí mostrándole todo lo que me importaba hasta que por fin la enamoré. La nuestra no fue una historia de amor fácil. Venimos de entornos diferentes, de sociedades distintas. Pero creíamos en el amor, que es más fuerte que las tradiciones, la guerra y el miedo. Construimos algo juntos y no solo una relación: también una empresa, una vida. Nos hicimos socios y convertimos mis conocimientos de marketing y gestión y su talento como diseñadora en algo real que salió bien.

Vivir día a día intentando sobrevivir
Silva: Siempre había soñado con tener mi propia tienda de muebles, como IKEA. Abdul hizo ese sueño realidad. Con la ayuda de un potente inversor, consiguió que creáramos nuestro propio negocio. Poco a poco, nos hicimos un nombre y rápidamente me hice famosa. Me invitaron a presentar un programa de televisión sobre interiorismo por las mañanas. La vida me iba bien, aunque nunca fue fácil. Trabajábamos día y noche luchando por construir algo duradero. Entonces, llegó la guerra. Y, en un instante, lo perdimos todo. Nuestra fábrica, nuestro almacén, nuestro negocio: todo quedó destruido. Intentamos empezar de nuevo en Damasco, pero la guerra nos persiguió hasta allí también. Dos veces construimos algo y dos veces lo perdimos todo. Vivíamos el día a día simplemente intentando sobrevivir.
Abdul: La guerra lo cambió todo. Cayeron misiles a nuestro alrededor. Los coches bomba explotaban cerca. Tuvimos suerte. Muchas personas no sobrevivieron. Fue difícil porque no teníamos luz en nuestra fábrica y no pudimos traer las materias primas. La gente salía de Siria o era reclutada por el ejército. Corríamos grandes riesgos creando nuestra empresa y trabajando en nuestro proyecto. A pesar de todo, lo hicimos. Ese recuerdo significa mucho para nosotros.
Silva: Para mí, no fue fácil enfrentarme a mis padres. Todos pensaban que nuestro amor era una locura. Pero un día supe que estaría con Abdul el resto de mi vida. No teníamos gasolina. Íbamos de camino al trabajo. A Abdul no le gustaba que me moviera sola, así que estaba a mi lado. No teníamos coche y decidí coger un autobús. Parecía Misión Imposible, pero encontré uno. El autobús estaba lleno y Abdul insistió en que esperáramos al siguiente. Mientras esperábamos, se produjo una gran explosión por una bomba. Todo estaba negro y el autobús, boca abajo.
En ese momento, me di cuenta de que Abdul me había salvado la vida. Es mi ángel de la guarda y quiero que forme parte de mi vida siempre. En aquel preciso instante, le dije que me casaría con él, costase lo que costase. En la primera semana de casados, en nuestra luna de miel, recibí una llamada en la que me dijeron: "Silva, no vuelvas; no es seguro. Estarás muerta en un minuto". Cerramos la empresa. Nuestro primer sueño se esfumó, pero nos teníamos el uno al otro y empezamos una vida como solicitantes de asilo.
«Durante años, no tuvimos sueños. Lo único que deseábamos era despertar al día siguiente. Ahora, hemos vuelto a soñar. Hemos vuelto a diseñar y lo hacemos juntos. »

Empezar de cero
Abdul: No fue fácil marcharnos. Lo habíamos perdido todo y tuvimos que empezar de cero. Era peor que nada. No hablábamos el idioma ni sabíamos cómo buscar trabajo, alquilar una casa o integrarnos en este nuevo mundo. Partíamos completamente de cero. Al principio, trabajé como guía turístico. No me pagaban mucho, pero por lo menos tenía algo. Luego, llegó la COVID y perdí mi trabajo. Cuando nuestro hijo, Sam, nació, no tenía trabajo. Fue horrible. Me aterraba pensar que crecería viendo a su padre sin trabajo y considerándolo normal. Estaba desesperado por encontrar algo, cualquier cosa.
Entonces, alguien me dijo que IKEA ofrecía cursos de idioma y formación para refugiados. No podía creerlo. IKEA siempre ha sido nuestra inspiración. Me matriculé de inmediato. Después de tres entrevistas, me dieron una oportunidad. No un trabajo: una oportunidad. Me dijeron: "Si demuestras que vales, podrás quedarte". Y lo hice. No dejé escapar la oportunidad. Era como si me hubieran salvado la vida.
Silva: IKEA no solo le dio una oportunidad a Abdul. Le dieron un futuro a nuestra familia. Cuando conseguí la residencia permanente, solicité un puesto en el departamento visual. Vieron mi experiencia como interiorista y me ofrecieron un puesto que se adecuaba a mis capacidades. Aunque no hablaba checo perfectamente, me ayudaron a trabajar en inglés. Nos sentimos bienvenidos, respetados. Ahora, hasta nuestro hijo sueña con trabajar para IKEA. El otro día, me dijo: "¡Mamá, quiero ser diseñador de robots en IKEA cuando sea mayor!". Nos reímos, pero a la vez nos dimos cuenta de que este es su hogar. Tiene un futuro aquí. Y eso lo es todo.
Abdul: Siria siempre será nuestra tierra, pero Europa nos dio una nueva vida. Nos dio seguridad. Sin embargo, podemos trabajar con Siria, apoyar a su gente y construir algo nuevo desde un lugar en el que estemos seguros. IKEA me salvó. Me dio la oportunidad de demostrar que valía, de demostrar que soy algo más que un refugiado: soy un trabajador, un diseñador. No me dio limosnas. Me dio dignidad. Y eso es algo que nunca olvidaré.
Silva: Durante años, no tuvimos sueños. Lo único que deseábamos era despertar al día siguiente. Ahora, hemos vuelto a soñar. Hemos vuelto a diseñar y lo hacemos juntos. Nuestro entorno de trabajo nos hace sentir como en casa. Un día, nuestro hijo dijo: "Mamá, ahora voy a la guardería, pero cuando sea mayor, iré contigo a IKEA".
Poder trabajar aquí es una salvación. Es una vida dentro de una vida. No creo que pueda encontrar un lugar mejor para que mi hijo tenga un futuro.







